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Inteligencia artificial, machine learning y autonomía de la voluntad

Por: Daniel Peña Valenzuela

8 de noviembre de 2016
Foto tomada por: Pixabay.com

Todos los consultores de tecnología y futurólogos en innovación coinciden en que una de las tendencias predominantes en estos tópicos para el año 2017 y quizás para el próximo quinquenio es la introducción de la Inteligencia Artificial como una realidad en el desarrollo y transformación digital de las empresas, instituciones y organizaciones.

Cabe incluir la Inteligencia artificial y otros conceptos vecinos en alcance y efectos: el aprendizaje de las máquinas (machine learning), el internet de los objetos, la automatización de sistemas expertos, la analítica de grandes datos. Todos estos procesos, paradigmas y modelos de negocios conducen a la utilización masiva de información por máquinas que interactúan con un grado de autonomía en los procesos y en la toma de decisiones. Los poderosos algoritmos que administran big data y producen una comunicación inter-dispositivos, nubes y servidores. Los sensores en los objetos que transmiten información en tiempo real a sistemas expertos con vuelo propio para retroalimentar la toma de decisiones.

Todo lo anterior nos sugiere una mezcla entre información, usuarios y servicios en las empresas, instituciones y gobiernos. Ahora todo se denominará inteligente, no solamente edificios y ciudades como ya es lugar común, sino prácticamente cualquier objeto en relación con sistemas de información. La nueva visión abarca una revolución sin precedentes para la operación logística, el transporte, el manejo de inventarios, entre otros.

Estamos en presencia de un cambio estructural a escala de las organizaciones cuyos modelos de negocios reposarán, entre otras en: a) la forma de analizar información, b) la potencia y el conocimiento para llevar a cabo esa contextualización de información para la toma de decisiones y c) la capacidad de generar nuevas experiencias de servicio al cliente.

El impacto para el derecho es profundo ya que la autonomía de la voluntad humana ha sido la base de la teoría del negocio jurídico y de la imputación por delitos así como de la noción misma de responsabilidad por hechos y actos. Los actos volitivos han constituido en buena parte el raigambre humanista que ha caracterizado a las ciencias jurídicas.

Esta expresión de la voluntad es cada vez menos un monopolio del ser humano, las máquinas interactúan y deciden (quizás piensan también) por lo tanto, la responsabilidad por el hecho de las cosas alcanza un punto determinante pero también las cosas (sistemas de información) pueden llegar a ser responsables como tales, sin intervención humana, sin control. El libre albedrío tradicional está contaminado por el nuevo maquinismo del siglo XXI. La subjetividad en la responsabilidad da paso a las presunciones de culpa, a la responsabilidad objetiva y a la prevención basada en el principio de precaución. Un sistema experto podría ser culpable.

El impacto de la automatización en las decisiones y de la artificialidad de los procesos entre máquinas forja nuevos tipos de servicios a los ciudadanos como transporte automatizado, salud por demanda, blockchain financieros con los que la responsabilidad de la administración y de quienes deben tener el control de los sistemas expertos también rebasa la responsabilidad tradicional por falla del servicio o las reglamentaciones dirigidas a funcionarios con el pleno control de procesos.

Los parámetros éticos de este nuevo derecho tecnológico-cognitivo requieren una nueva visión de las nuevas generaciones de juristas en la que el humanismo conserve su predominancia pero reconociendo que nuestra coexistencia con máquinas, robots, drones, sistemas de información con inteligencia artificial requiere creatividad y flexibilidad de las leyes.

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